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Ayuno del juicio: el llamado a la misericordia Scott Lyons 7/30/2012
Cuando era más joven, la misericordia era un don espiritual completamente insignificante para mí. No tenía tanto poder como el de profecía. No me atraía como el de conocimiento o el de enseñanza. El don de misericordia estaba muy oculto y era callado y pequeño. Las palabras de misericordia parecían contrarias a la grandeza a la cual yo había sido llamado. Por supuesto que estoy siendo pretencioso, pero en medio de esto estaba mi orgullo. Desde luego, todos nosotros queremos ser grandes, pero la grandeza a la que Dios nos llama no es finalmente lo que escuchamos cuando oímos que Dios quiere algo grande de nosotros. Escuchamos grandeza como el mundo quiere que la oigamos, como una perversidad de la grandeza: fama e influencia, ser como Dios. Sin embargo, la misericordia responde a la grandeza con el llamado a menguar, a convertirse en menos. La misericordia me llama de muchas maneras a ser nada, para que Cristo sea todo. Y la misericordia hace más.
El centro del Evangelio es el amor, y el amor excluye juzgar a los demás. Cristo nos llama a perdonar a otros y a mostrarles misericordia para que Dios nos perdone y nos muestre misericordia (Mateo 6–7). El amor cubre una multitud de pecados (Proverbios 10:12; 17:9; 1 Pedro 4:8), así que no es nuestra responsabilidad examinar la vida de otros y condenarlos. Es nuestra responsabilidad orar por misericordia, primero para nosotros y después para nuestro prójimo. Y la oración misma es un resultado de la misericordia. Cipriano de Cartago, en su Tratado sobre el Padre Nuestro dice que es intencional que oramos «Padre nuestro» en lugar de «Mi Padre». «No es solo por sí misma que cada persona pide ser perdonada, no caer en tentación o a ser librada de todo mal. En vez de eso, oramos en público como una comunidad y no por un individuo sino por todos» (Tratado 4, 8). Debemos orar juntos los unos por los otros. No por mí, no solo por mí, sino por «nosotros». Debido a que no soy yo el Cuerpo de Cristo, lo somos «nosotros», la misericordia interviene y ora por mi hermano que lucha contra la lujuria y la pornografía, no lo condena. La misericordia interviene y ora por mi hermana que se siente resentida contra su prójimo, no la condena.
El orgullo acecha hasta en esto, por supuesto. Por lo tanto es importante, como lo he escuchado decir a otros, que no oremos simplemente: «Señor Jesucristo, ten misericordia de ese pecador, Juan». En vez de eso, debemos rogar por misericordia para nosotros primero, comprendiendo que somos adúlteros y asesinos y que la viga está en nuestro ojo: «Señor Jesucristo, ten misericordia de mí, un pecador. Señor Jesucristo, ten misericordia de Juan». De esta manera mantenemos presente en nuestra mente nuestros fracasos y nuestra necesidad de perdón aun mientras oramos por nuestros hermanos y hermanas. No somos en absoluto mejores que ellos, por supuesto. Pablo nos exhorta a considerar a los demás como mejores que nosotros (Filipenses 2). Y en misericordia, Pedro nos exhorta a cubrir sus pecados (1 Pedro 4:8). Esto no quiere decir que finjamos que el pecado no está allí cuando sabemos que existe, o que, súbitamente, el pecado está bien. Significa que nunca debemos creer que nosotros somos dignos de la misericordia de Dios pero que ellos no lo son. Significa que los reconocemos como hermanos y hermanas que, al igual que nosotros, luchan contra el pecado queriendo ser santos como Dios, pero fracasamos.
La misericordia no es una manifestación insignificante del Espíritu de Dios. En vez de eso, es la manifestación de Dios mismo. Si yo fuera reconocido por cualquier cosa como cristiano, quisiera que fuera por mi misericordia. Esfuércese por ser misericordioso. Muéstreles a otros la misericordia que anhela que le muestren a usted. Sea misericordioso a través de la oración. Sirva oculto y callado. Sea misericordioso absteniéndose del discurso de juicio que tan fácilmente le viene a la mente y a los labios. Ayune del juicio y ame a su prójimo profundamente. A usted se le ha perdonado mucho; por consiguiente, ame inmensamente.
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